Santiago Villa

Un matrimonio en la tierra de las apariencias

爱情大不同
Crónicas /
城市采风

En un matrimonio, la confianza y la paciencia son todo. En los arreglados, además, lo tácito se vuelve explícito: antes que nada, hay que ponerse de acuerdo sobre los posibles hijos, las visitas a los padres y los besos en público. Mentira la verdad, lo real también puede ser fake.

Wang Taofen está preparando un matrimonio arreglado. Él y su futura esposa proceden de forma similar a como se planea una empresa ilegal o una operación policial encubierta. Negocian los detalles financieros en secreto, ensayan rutinas de actuación para responder a situaciones imprevistas y mantienen una fachada impecable ante terceros, en especial sus padres.

Taofen y yo caminamos cuesta abajo por el trayecto turístico que nos conduce hasta el fondo del angosto cañón de Wulong. Estamos a casi ciento cincuenta kilómetros de Chongqing, la ciudad donde Taofen nació, y donde regresó tras catorce años de vivir en América Latina.

Le propuse hacer el corto viaje a las afueras porque Taofen no conocía este lugar, declarado Patrimonio UNESCO de la Humanidad en 2007. Asumí que aquí podríamos conversar en un contexto distinto a la mera entrevista. El ambiente resulta más distendido que en una de las principales metrópolis de China.

Respiramos un delicado mediodía de primavera y el sol nos cobija sin agobiar. Discurrimos por un pronunciado declive que alterna escalones y rampas. A veces un caminante en ropa deportiva nos pasa de largo.

—Los padres de ella me quieren mucho —dice Taofen, satisfecho—. Nos llevamos muy bien.

—¿Pero a ellos no les extraña que no haya gestos de afecto entre tú y su hija? —pregunto.

—En China no se usa mucho eso de mostrar afecto físico hacia tu pareja, entonces podemos aparentar bastante bien. Si estamos con nuestros respectivos padres nos tratamos de la misma manera que cuando no.

Taofen y su pareja no se toman de la mano ni se besan. Ninguno apoya de balde una palma en la cadera o el hombro del otro. Ni siquiera caen en discusiones o tensiones gratuitas: una forma de intimidad tan reveladora como lo es la ternura.

Su frialdad no despierta sospechas; incluso, a medida que llegan a acuerdos y avanzan sus negociaciones, ha nacido el cariño.

—La veo todas las semanas. Es como tener una novia, pero sin el sexo.

Si esto fuera una comedia romántica, la historia probablemente terminaría en que la pareja se enamora, pues del amor fingido habría de florecer el verdadero. En este caso, no obstante, es más complicado. Dicho desenlace se verá siempre frustrado por la inapetencia sexual. La pareja real de Taofen es un hombre que cursa su último año de medicina y tiene 24 años, y la pareja real de su prometida es una mujer que Taofen describe como no muy femenina.

“Afortunadamente la chica con la que me voy a casar es más femenina que su novia. Hay muchas lesbianas que se comportan como lo haría un hombre. Beben, escupen en el suelo, fuman, y eso puede complicar las cosas si estás preparando un matrimonio como éste”.

Lawrence Durrell abre su novela Justine con una cita de Sigmund Freud: “He llegado a acostumbrarme a la idea que toda relación sexual es una actividad que involucra a cuatro personas”. El matrimonio de Taofen, en la práctica, involucra a cuatro personas que se conocieron en una comunidad de WeChat para homosexuales.

“Los cuatro, es decir mi futura esposa, su novia, mi novio y yo, somos muy amigos. Ahora salimos juntos con frecuencia“, dice Taofen. “Es bueno pasar mucho tiempo juntos antes del matrimonio porque tenemos que construir confianza. Un error común en quienes se casan es no hacer eso, construir confianza”.

Él tiene 37 años, dientes grandes, y la costumbre al hablar de rascarse los escasos pelillos de su quijada. Conversamos en un español que Taofen pronuncia con un marcado acento porteño, pues vivió ocho años en Buenos Aires. Antes de mudarse a Argentina vivió seis años entre Ciudad de México y Ciudad Obregón.

—¿Has estado en Obregón? —pregunta.

—No, nunca.

—Es el infierno.

El comentario contrasta con este escenario propio de hadas. Imagino la violencia del narcotráfico. Decapitaciones. Tiroteos. Persecuciones en camionetas de vidrios oscuros. Imágenes que pueden describirse con ese adjetivo del que tanto abusan los periodistas: dantescas.

—En Obregón hace demasiado calor —añade Taofen, aterrizándome sobre una acepción bastante más prosaica del término—. La temperatura nunca baja de treintaicinco grados.

—¿Cuánto tiempo viviste allí?

—Un año. Desde el 2003, cuando me gradué de español en la Universidad de Estudios Internacionales de Beijing.

El primer lugar que Taofen conoció de América Latina fue el desierto de Sonora. En ese maridaje de cielo absoluto y tierra calcinada coordinaba compras de materia prima para la maquiladora de Sinatex S.A., y despachaba envíos a Estados Unidos, el principal mercado para los textiles que producían más de 100 mil hiladoras, operadas por unos 500 empleados mexicanos.

El presidente Vicente Fox cortó con satisfacción neoliberal la cinta para inaugurar, el 28 de mayo de 2001, un complejo textil de 135 mil metros cuadrados, supervisado por 100 ingenieros que en su mayoría eran chinos. Lo acompañaba Ismail Amat, entonces Consejero de Estado del Gobierno de China, y tres mujeres jóvenes de cuerpo menudo (dos mexicanas y una china) que decoraban la ceremonia y sostenían la cinta roja mientras los políticos tijereteaban. Allí todo era talle y costura.

“Esta planta para nosotros es más que una inversión extranjera directa. Es una asociación estratégica entre la tecnología, la capacidad y calidad de producción de esta empresa china, junto con el talento, la productividad y la calidad de los obreros y empleados mexicanos”, dijo el entonces presidente de México en su discurso, con una aridez retórica plenamente integrada a la ecología del desierto sonorense.

El Diario del pueblo, periódico oficial del Partido Comunista, anunció que la planta de 100 millones de dólares era el ítem más cuantioso de inversión extranjera china hasta el momento. Con esta maquiladora, China por primera vez aprovechaba la mano de obra barata en América Latina para exportar sus manufacturas a Estados Unidos. Hasta entonces, los inversionistas chinos habían utilizado su propio proletariado, o el de vecinos asiáticos como Indonesia y Vietnam. “La fábrica de los chinos”, el nombre que los locales le dieron a Sinatex, auguraba una nueva era.

Pero al igual que sucede con toda novedad -y al igual que sucedió con las promesas de NAFTA en el desierto de Sonora, con el resplandor del capital extranjero-, la cotidianidad escaldada impuso el ineludible aquí y ahora. El día a día que era llanamente la explotación del hombre por el hombre.

Taofen llegó para ejercer de traductor en el papel y de jefe de operaciones en la práctica. Su vida transcurría en dosis desequilibradas de abulia y angustia.

“Hay una enorme diferencia entre la cultura empresarial de China y la de América Latina. Los gerentes chinos me decían, por ejemplo, ‘queremos este pedido en Estados Unidos dentro de dos semanas’. Así es en China. Quiero esto en tanto tiempo, y así se hace. Pero los gerentes chinos no hablaban español y no conocían México. No entendían que algunas de las cosas que pedían sencillamente no eran posibles”, dice Taofen.

El tiempo en el complejo industrial Sinatex era un animal viscoso. Los empleados chinos, a quienes no se les permitía salir solos del complejo, en sus ratos libres jugaban a las cartas con la resignación de los presos o los marineros. La ansiedad erótica motivaba culebrones entre gente que llegaba sin familia, porque la política de las empresas chinas, al menos en ese entonces, era no llevar cónyuges o hijos a los países donde abrían operaciones. Los gerentes, por tanto, rápidamente conseguían amantes.

Todos se emparejaban mientras Taofen aceptaba su soledad, si bien ocupó un puesto en primera fila de los dramas ajenos. Sinatex fue, como dijo Fox, “más que una inversión extranjera directa”: trabajadoras mexicanas y expatriados chinos saltaban las distancias culturales y lingüísticas para contraer matrimonio. No hacen falta traductores para dar los primeros pasos del amor. Sí hacen falta, en cambio, para lidiar con sus fisuras.

—A mí me llamaban para que les tradujera sus discusiones, porque los chinos que se casaban con las mexicanas no hablaban español —dice Taofen.

—¿Y sobre qué discutían?

Luego de un breve silencio Taofen se sonríe, y hace una broma relacionando la geometría con la insatisfacción femenina.

Llegamos al verde fondo del cañón Wulong. Muros de roca de doscientos metros nos encierran en un estrecho corredor, cuyo exotismo natural ha seducido a varios directores de películas de acción. Una larga fila de turistas chinos que se protegen del sol con anchas viseras y parasoles desemboca en una estatua de los Transformers. Esperan su turno para que les saquen e impriman al instante una fotografía con Optimus Prime, que cabalga sobre la espalda de un Tiranosaurio Dinobot, según la escena que Michael Bay filmó en este lugar durante la producción de Transformers 4: La era de la extinción. 

Esta no sólo fue la película que más escarmentó la crítica estadounidense durante el 2014, sino también fue uno de los éxitos de taquilla más grandes en la historia de China. Con el objeto de cautivar los corazones de un público intensamente nacionalista, Paramount Pictures coprodujo Transformers 4 con una compañía llamada China Movie Channel. Planearon una cuidadosa estrategia de posicionamiento de productos chinos -marcas de yogurt, el China Construction Bank, en fin-, y escogieron lugares emblemáticos: Hong Kong, la Gran Muralla, Wulong.

—Pues este lugar no me deslumbra mucho —sentencia Taofen—. Esa estatua lo arruina.

Mira alrededor disgustado.

—Para los chinos lo más importante es el afán por el dinero. Todo lo quieren cobrar. De todo quieren sacar un negocio —añade.

Taofen es un contraste. El estilo anodino de sus jeans negros desteñidos, su camisa beige de manga corta, su corte de cabello -como un puercoespín en la coronilla y afeitado con máquina eléctrica a los costados-, representan la idea platónica de la moda china. Es decir, la mal ponderada libertad de la antimoda. El único detalle que sobresale es su reloj de pulsera Baum & Mercier con correa metálica. De ser original debió costar al menos mil quinientos dólares.

—¿No te identificas con la cultura china? —pregunto.

—No, para nada. La filosofía confucionista es la negación del individuo. Aquí lo que importa es lo común. La familia. La empresa. No hay individuo.

—¿Así que te consideras más latinoamericano?

—Sí, mi espíritu es ese. Me gusta su poesía. Su música —se rasca la barbilla —. Pablo Milanés, Pablo Neruda. Yo llegué a América Latina por un asunto del destino y en el fondo de mi corazón sé que volveré.

Seguimos el camino hasta un pequeño grupo de casas rodeado por una muralla estilo antiguo. Hay un estandarte a su entrada y una placa que describe cómo este antiguo puesto de vigilancia de la dinastía Tang fue reconstruido para filmar La maldición de la flor dorada, de Zhang Yimou.

Entramos al complejo y quedamos de pronto idiotizados por las imágenes de una pantalla gigante que reproduce, en un loop eterno, la escena que Zhang filmó aquí. Guerreros envueltos en trajes negros atacan este complejo deslizándose por cuerdas que cuelgan de lo alto del precipicio. En cada casita hay una tienda o un puesto para tomarse fotografías en disfraz de emperador.

Volvemos a salir y me avergüenza que, por un momento y visto desde un ángulo que oculta la pantalla gigante, este set de películas dentro del improbable paisaje me despierta una emoción estética. Tomo una foto.

China es capaz de hacer eso. Juega con los niveles de realidad y hace trampas a los ojos. Lo que parece ser, no es; lo que no es, podría ser.

Y quien pensaste que no eras emerge.

Le pregunto a Taofen qué es lo más difícil de fingir un matrimonio.

—Dar con una persona en la que puedas confiar —responde sin dudarlo—. Es muy importante confiar en la persona con la que me voy a casar porque todos los acuerdos a los que estamos llegando son verbales. No podés dejar nada por escrito. Es un proceso lento y lo más difícil son los temas financieros. Hay muchas cosas que se tienen que hablar, pero sobre todo debes conocer bien a esa persona que será tu esposa.

—¿Y ustedes qué piensan decirles a sus padres cuando no tengan hijos?

—Nosotros vamos a tener hijos. Yo quiero ser padre. Por eso estamos tardando tanto en planear todo.

Me toma unos segundos redirigir mis preguntas.

—¿Pero entonces qué le van a decir al hijo que vayan a tener?

—Hoy hay parejas homosexuales que pueden criar a un hijo.

—Sí, pero crece en una familia en la que hay amor. ¿Le van a explicar que su padre y su madre tuvieron un matrimonio arreglado?

—No le vamos a decir. Él no tiene por qué saberlo.

Al tiempo que le cuestiono, mi mente corre en paralelo la cantidad de matrimonios amargos que he presenciado. Familias en las que se acabó el cariño y degeneraron hacia el odio, en parte porque la pasión no permitió la claridad que están construyendo Taofen y su futura esposa.

—¿Cada uno va a tener por fuera del matrimonio su propia pareja, es decir su pareja real, y no piensan decirle nada a su hijo?

—No, ¿para qué le vamos a decir eso?

—Pues para ser honestos con él.

Silencio. Dudo si presionarle.

—Taofen, tú sabes que el pibe se va a enterar.

—Quizás se le dirá después, cuando sea mayor. 

No se lo vamos a decir hasta los seis años.

Calla. Llegamos a un descomunal puente natural de piedra. Un arco del que podría salir un gigante. De allí emergieron, de hecho, los Dinobots en Transformers 4.

—Parece una puerta a otra dimensión —comenta Taofen. Otra dimensión, en efecto.

Él se describe a sí mismo como una persona racional, y lo es hasta la médula. Pero tiene también unos destellos de romanticismo que me acuerdan a una frase atribuida a Confucio: “Las estrellas son agujeros en el cielo por los que brilla la luz del infinito”.

Ahora cruzamos el portal.

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