Ren Jian

Imaginario subjetivo de la razón imperial: modernidad y poder en Imperio hispánico[1]

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En este artículo, se evalúan conceptos claves como subjetividad, imperio y dominación colonial a partir de una mirada de historia intelectual. El autor, un académico de la universidad de Xingtang, observa que durante la conquista y colonización española de América Latina, la combinación de poder real y poder eclesiástico dio como resultado la configuración colonial europea sobre las bases de tradiciones locales.

Las características esenciales del imperio español se venían conformando durante la Modernidad, puesto que en ella también se iba configurando el poder imperial ibérico. Por medio de la colonización de América, su poderío tuvo un alcance mundial. Por lo cual, se puede decir que, el imaginario subjetivo de Cristóbal Colón en búsqueda de su Antilia[2] impulsó definitivamente el Descubrimiento, que acuñaría la transformación de la monarquía peninsular en el imperio hispánico extendiendo sus territorios foráneos, y a la vez, formando su propia comprensión del poder. Por ello, la estructura colonial fue fundada desvelando los flamantes imaginarios subjetivos.   

La Edad Medieval se desplegó como una época feudal enfatizando la supremacía del poder teológico del cristianismo y del poder monárquico no dejando ningún espacio intelectual a los vasallos. Y la Edad Moderna significó un periodo renacentista e ilustrado capaz de fundar el poder constitucional sobreponiéndose al poder religioso e imperial a través de amplias revoluciones ideológicas. De hecho, la modernidad hacía referencia a un procedimiento constructivo de estructuración no dominado por la personalidad sino por la ley. Sabido es que el descubrimiento de la nueva Tierra Firme abrió las puertas de esa Modernidad. Sin embargo, Cristóbal Colón se hizo el piloto de la era moderna sólo desde la óptica pasiva, ya que desde la óptica activa su meta era descubrir la Antilia y la ruta hacia la India y China a través de navegación por el océano Atlántico. En realidad, Colón no era el primero que pisó América[3], empero, fue él el más afortunado. Eran sus conocimientos e intenciones los que lo elevarón al sujeto consciente de la colonización, y simultáneamente, era el entorno en el que vivía Colón el que hizo de él el sujeto inconsciente de la modernización. Todo eso se trata de lo que habría indicado José Ortega y Gasset, “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”[4].

El yo aquí se refiere a la subjetividad de Colón, y la circunstancia, a la irradiación del Renacimiento. Los movimientos renacentistas destinados a liberar las coacciones que recibía el pensamiento individual por parte de la Iglesia, sustentaron la reforma de valores humanos mediante grandes avances de las ciencias sociales. De esta forma, brotaron posibilidades en los debates humanistas sobre la existencia de otra nueva parte del mundo, fuera de las fábulas e inspiraciones. Gracias al rápido desarrollo de la astronomía y la cartografía náutica sobre la base del estudio geográfico, y también al dibujo magnífico del orientalismo por los misioneros, sobre todo por el comerciante Marco Polo, se creó una moderna geografía asiática para toda Europa. Todos estos elementos materiales estimularon la ambición del marinero genovés Colón posibilitando el descubrimiento de Indoamérica. No obstante, sin la financiación de los Reyes Católicos Colón tampoco pudo superar el fracaso de la familia real portugués y encaminarse a su meta. De hecho, el reino español apoyó a Colón desde una óptica activa considerando que la búsqueda de nueva ruta hacia el Oriente sería la mejor opción para lograr el símbolo del poder, la mena mágica más favorable en toda Europa en el siglo XV, es decir, el oro y el comercio con el Oriente. De tal modo, con el imaginario subjetivo de aglomeración del oro el reino de España inició su expansión con la finalidad de salvar la economía nacional en ruinas a causa de largos plazos de guerras y conflictos religiosos.

Afortunadamente, España ganó la apuesta y empezó la construcción del poder imperial con el establecimiento de Modernidad. Antes de eso el poder católico acababa de ser establecido en todo el reino hispánico a través del triunfo de la Reconquista gracias a la toma de Granada, el último foco musulmán en Península. Para depurar el campo de la fe se promulgaron decretos destinados a la expulsión de los judíos en 1492. Así, se forjaba el marranismo moderno, en comparación con el marranismo premoderno del siglo XIV. El término del marrano[5] surgió sobre la base de las discordancias político-religiosas entre cristianismo y judaísmo, y el marranismo moderno resistió a la construcción de la razón imperial, dado que se mantenía una actitud de sometimiento disimulado a ese programa. Por ello, el marranismo ofreció un nuevo modelo contra el poder imperial manteniendo en el seno su propia identidad cultural, e hizo que aparentemente se llevara a cabo la cristianización de la mentalidad española. En este sentido, el marranismo sirve como una grieta oculta del imaginario subjetivo imperial. En un momento determinado emergerá mediante agudas tensiones que supondrán un perjuicio radical al poder hispánico cuando se rompa la falsa armonía entre los que mandan y los que obedecen.

El Descubrimiento hizo que se desplegara la evangelización en tierras americanas, y que se expandiera enormemente el dominio católico en las mentalidades de los colonizados. Todo eso contribuyó a que el cristianismo o catolicismo se convirtiera en la religión más poderosa en términos políticos y más activa en términos ideológicos. Era esta religión activa la que formaba parte imprescindible del imperialismo moderno peninsular. Para el caso peculiar de España, existieron tres acontecimientos decisivos que abrieron pasos hacia la Modernidad, que eran: la Reconquista, que reconstruyó la unidad fundamental del imperio español fragmentado por el dominio de los moros; la expulsión de los judíos, que intentó eliminar todos los factores heréticos homogeneizando la convicción social en el cristianismo; y el Descubrimiento, que inició la colonización de la identidad tradicional del Nuevo Mundo mediante el imaginario subjetivo exclusivamente hispánico.

Estos tres elementos sustanciales cimentaron la inauguración del Imperio Español cuyas singularidades lo distinguían de otros imperios como el británico y el francés en aspectos centrales de la metodología colonial que desplegó en aquella constelación histórica. Trás el estudio de Anthony Pagden[6], Villacañas concluyó que Pagden ha indagado las cualidades imperiales de España, Inglaterra y Francia yuxtaponiendo sus modalidades coloniales sin revelar de manera explícita los motivos de la victoria de los españoles y el fracaso de los franceses y anglosajones en torno a la colonización de América en el siglo XVI. De tal manera, Villacañas indicó que:

El poder hispano no tomó ninguna de esas formas e impulsó una empresa expansiva muy diferente, con una flexibilidad de relaciones público-privado, religioso/político mucho mayor que en Francia, pero orientada a la guerra de conquista y toma de tierras, a diferencia de Inglaterra[…]. Las formas iniciales francesas e inglesas de impulsar la colonización de América implicaban una mimesis del dispositivo mediterráneo a partir de sociedades diferentes, una en la que los nobles se habían implicado desde antiguo en los gremios de comerciantes (Inglaterra) y otra muy dependiente del prestigio público del Estado (Francia).[7]           

Por lo cual, podemos vislumbrar las idiosincrasias del colonialismo hispánico a diferencia de otros modos tradicionales europeos de expansión. La modalidad española residía en imperializar el sentido común de los colonizados mediante la subjetividad hispanizada; dicho en otra manera, implicaba la localización del dominio colonial rompiendo las viejas formas de estructuración administrativa y cultural, mientras se construyó una identidad homogénea en la que subalternizan a la identidad indígena en todos aspectos. Por este motivo, venía formándose una nueva clase blanqueada y latinoamericanizada, el criollo, que ya no sólo era la continuación de la sangre peninsular en tierras americanas, sino también la divulgación de “un poder [imperial], una sociedad [civilizada] y unos tipos de subjetividad concretos [como modos de pensar]”[8] de la metrópoli española. Así se forjaba el grupo dominante colonial vinculando el criollo con la vieja aristocracia indígena.

Con el desarrollo de la Reforma protestante, se extendió el espíritu en contra de la absoluta potestad eclesiástica en las áreas de la creencia y la fé. De allí, se vio la libertad del pensamiento del individuo europeo. Pero esto no era lo que quería el Imperio de España, ni era ese el proyecto con el que acabó de homogeneizar el catolicismo en todo el país. Por tal razón, a los conversos que judaizaban, a los nuevos cristianos y a los protestantes escépticos no les era permitidos viajar a América en aras de purificar la ideología del indio únicamente a través del catolicismo. Sin embargo, Hispanoamérica tampoco era el edén del catolicismo puesto que la contrucción del imaginario subjetivo imperial en la colonia no fue efectuada en gran medida por el Papa de Roma sino por el rey español que gozaba de la caracterización de un vicevicario de Cristo en aquellas tierras. No era que el catolicismo tuviera otros rivales religiosos, sino que el poder teológico se hallaba en competencia permanente con el poder real. La libertad, igualdad y fraternidad de la Ilustración promovieron que la Modernidad entró en una nueva étapa, en la que aspiraban a reemplazar el domino regio por el constitucional. Combinando todo esto con el punto de vista de Antonio Negri, la Ilustración hizo que lo que se necesitara para la metrópoli no fuera un imperialismo, sino un Imperio sin imperialismo[9]. Entonces, el imaginario subjetivo imperial europeo se enfrentó a un ajuste predeterminado inclinándose a reducir la proyección del poder real en América, si los europeos no querían perder el control de la colonia como sucedió finalmente en los Estados Unidos. Por lo contrario, los borbones españoles reforzaron su poder regio y religioso en la Hispanoamérica, y de esta forma, en el imaginario subjetivo se insertaron las semillas de la Independencia.          

Sabido es que la modernización hace refencia a la globalización del modo de pensar europeo, y de hecho, a la construcción del eurocentrismo. Bajo estas circunstancias, la colonización de América se caracterizaba por una metodología que generalmente se centraba en aquello que era relevante para las necesidades europeas, organizando la colonia como la fuente de oro y de materias primas, como una periferia dependiente del centro, y como el siervo inconsciente que no podía ni le era permitido pensar a menos que partiera del modelo europeo. No obstante, además de gozar de cualidades eurocéntricas, la colonia descollaba más por las naturalezas hispanizadas. Según Villacañas, «el imperio se auto-percibe como una aspiración hegemónica, dispone de un imaginario virtual, genera una lucha política, pero no logra formar una estructura mundial ni política ni económica.»[10] En este sentido, el Descubrimiento abrió nuevos espacios para los españoles con un imaginario virtual de transformar una hegemonía peninsular en un poder mundial. Así que América llegó a ser el escenario nuevo y el punto cero[11] para efectuar la universalización del valor exclusivamente imperial de España. Por lo cual, los conquistadores castellanos prefieron construir la colonia como otro centro hegemónico, en la periferia, y el mejor argumento sería la fundación de Nueva España. Este imaginario de estructurar una nueva España provocó el conflicto tanto ideológico como práctico en torno a la problemática de la naturareza de los indios generando la polémica central entre Sepúlveda y Las Casas. Esta disputa resultó en beneficio de los colonizadores puesto que: por un lado, se llevó a cabo la letigimación del domino imperial español a la colonia; por otro lado, canalizó en la práctica el modelo para esclavizar a los indígenas[12] como consecuencia de su resistencia violenta a la evangelización.

Por supuesto que todo eso hace referencia a la contrucción del imaginario imperial mediante la dimensión de la legitimidad en sentido weberiano. En su teoría sobre la legitimidad del poder político, Max Weber indica que una dominación, un mando es legítimo cuando es considerado válido tanto por los que mandan como por los que obedecen[13]. Es decir, cuando los valores desde los que manda uno, son aceptables por lo que tienen que obedecer; esto es, cuando los valores del que manda y del que obedecen son los mismos. Por eso, la obediencia allí es voluntaria, debido a que la orden que manda es considerada como válida, buena y adecuada por el que obedece. Dado que el cristianismo era un valor absoluto, todos coincidían en su validez. De esta forma, se materializó intuitivamente una razón imperial de dominio natural, y así por ejemplo, la metrópoli mandó pagar impuestos, y los colonizados por lo general consideraban que era válido pagar los impuestos. Sin embargo, esta razón imperial no derivó de la cultura indígena, sino de la europeizada; es decir, no de la naturaleza de los colonizados, sino de los colonizadores. Por ello, hay de hacer algo para rellenar el vacío de la otra mitad de este esquema de legitimidad.

A la luz del estudio del sujeto subalterno de Spivak, Villacañas confirma que la catacresis es la metodología imprescindible para cumplir esa identidad imperial[14]. Esta metodología consiste en la posibilidad de traducir de algún modo las realidades hispanas a las viejas formas culturales analógicas de los dominadores aztecas e incas dándoles de este modo un significado completamente nuevo. Y Según Laclau, “la catacresis es la forma de denominar algo que no tiene un nombre por sí mismo.”[15] De esta manera, mediante la catacresis los indígenas compredieron que lo que traían los españoles como forma de gobierno en cierto modo era otro nombre de los suyos propios, era otra mirada parecida a la suya. En este sentido, el Monarca español legitimaba su dominación colonial como si fuera la natural. Para no suscitar en América las viejas tensiones europeas entre el poder religioso y el poder regio, los conquistadores y evangelizadores imitaron los modelos más unitarios del imperio Azteca e Inca por medio de la traducción de los acontecimientos históricos en sentido indígena, pretendiendo enrraizar las violencias coloniales y hegemónicas en las formas de vida tradicionales indígenas. De esta manera, se forjaron los imaginarios subjetivos y el dominio aparentemente natural del lejano rey español sobre sus súbditos naturales indígenas, homogeneizando la razón imperial a través de reinterpretar las legitimidades del imperio azteca e incaico.


[1] Ren Jian, Profesor de la Universidad de Xiangtan, Hunan, China. Este artículo es patrocinado por “Project of Hunan Provincial Social Science Achievement Evaluation Committee”, titulado “Investigación sobre la comunidad de nación mexicana del siglo XX (XSP2023WXC014)”.

[2] Alfonso Reyes, en Letras méxicas, obras completas, tomo XI, Fundación de Cultura Económica, México, D. F., 1997, pp.14-17.

[3] Sin duda que hay varios Colones desconocidos que llegaron a América en búsqueda de la riqueza, por el miticismo geográfico ellos pisaron la tierra del Nuevo Mundo sin intensión de anunciarlo a todo el mundo por su propia codicia. En Alfonso Reyes, Op. Cit., pp.17­-20.

[4] José Ortega y Gasset, Meditaciones de Quijote, edición de José Luis Villacañas Berlanga, Editorial Biblioteca Nueva, Madrid, 2004.

[5] Se tratan de los judeoconversos en la Península Ibérica cristianizada para no ser expulsados de tal lugar, manteniendo interiormente sus creencias al judaísmo como judío secreto, y practicando exteriormente como conversos cristianizados. De hecho, hacen referencia a los de cristianos artificiales y auténticos israelitas.  

[6] Anthony Pagden, Señores de todo el mundo: ideologías del imperio en España, Inglaterra y Francia (en los siglos XVI, XVII y XVIII), Editorial Península, Madrid, 1997.

[7] José Luis Villacañas, Imperio, en Alberto Moreiras, Jose Luis Villacañas (eds), Conceptos fundamentales del pensamiento latinoamericano actual, Editorial Biblioteca Nueva, Madrid, 2017, p.309.

[8] Ibid.

[9] Atilio A. Boron, Imperio & Imperialismo, [una lectura crítica de Michael Hardt y Antonio Negri], quinta edición, Clasco, Buenos Aires, 2004, p.21.

[10] José Luis Villacañas, Imperio, Op. Cit., p.305.

[11] Santiago Castro­-Gómez, la hybris del punto cero: ciencia, raza e ilustración en la Nueva Granada (1750­-1816), Editorial CEJA, Bogotá, 2010.

[12] Vasco de Quiroga, La utopía en América (crónicas de América; 52), Editorial: S.L. Dastin, Madrid, 2002. Nunca privaron los derechos de indígenas, los indígenas todavía tenían derecho de tener familia, tener hijos y mantener relaciones con otros. Sus derechos son prestación por contratos de servicios, era solamente limitar el horario del trabajo, el uso del campo, y etc,. Consiguientemente los indígenas no son esclavos por naturaleza. ¿Y bajo qué circunstancia los colonizadores pueden esclavizar a los indígenas? En las tres siguientes situaciones pueden hacerlo: la primera, fracasado en una guerra justa como la de defensa, contra la invasión; la segunda, se opone a la predicación de la religión cristiana; la tercera, se opone al comercio con los europeos. Es decir, en los casos mencionados los indígenas se conviertan en esclavos.

[13] Max Weber, Economía y Sociedad. Fondo de cultura Económica, México, D.F., 1987, pp.170-171.

[14] José Luis Villacañas, Imperio, Op. Cit., p.314. “Mi crítica a Spivak consiste en que, en su genealogía del sujeto subalterno, acumula dos conceptos teóricos con funcionalidad contradictoria, como es catacresis y denegación.”

[15] Ernesto Laclau, Catacresis y metáfora en la construcción de la identidad colectiva, En: Phrónesis – Revista de filosofía y cultura democrática; número 9; 2003.

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