Ma Ruohui

Indigenismo durante la Gran Depresión: nacionalismo, positivismo y liberalismo en los debates nacionales de América Latina [1]

Artículos /
文章

Este artículo analiza, desde una perspectiva de los académicos asiáticas, la circulación y los imaginarios indigenistas en América Latina. A través de una mirada histórica, recupera las tensiones y debates que llevaron al cambio de mirada en los países del subcontinente durante la Gran Depresión.

El indigenismo, como “corriente favorable a las poblaciones nativas de América Latina”[2] y llegó a su apogeo en la primera mitad del siglo XX, trayendo consigo el deseo de satisfacer las nuevas necesidades de integración social y de modernización. Sin embargo, esa corriente de opinión no se surge de la nada y su germen se puede remontar hasta el principio de la colonización española. Y al entrar en el siglo XIX, la Revolución de 1808 en la metrópoli peninsular, y la Independencia de los países americanos permitieron la divulgación de las ideas liberales por toda la tierra latinoamericana. Posteriormente, las ideas del nacionalismo, el liberalismo sirvieron para fomentar la igualdad de todos los ciudadanos y para cimentar la idea del Estado-nación en las nuevas repúblicas. No obstante, todas esas ideas no buscaron ni lograron la mejora de la condición del pueblo indígena, pero sí que ha dejado muchas influencias sobre la comunidad indígena.

 En el presente trabajo nos acercamos a algunas de las ideologías más populares del siglo XIX con el objeto de conocer las interacciones entre el indigenismo y las ideologías .

1. Nacionalismo

El nacionalismo se trata de una ideología que ha ejercido una influencia sumamente importante en los últimos dos siglos y cuyos efectos aún reverberan incluso hoy día, tanto en el terreno político como en el social. Sin embargo, y a pesar de su larga tradición, no resulta una tarea fácil definir con exactitud este término. Ernest Gellner ha dado una definición provechosa sobre el nacionalismo: “Fundamentalmente, el nacionalismo es un principio político que sostiene que debe haber congruencia entre la unidad nacional y la política[3]”. En esta misma definición se apoya Eric Hobsbawm para desarrollar su teoría en su libro Naciones y nacionalismo desde 1780. Por lo tanto, se puede deducir que el nacionalismo nació con un firme propósito político, y que tanto este movimiento como el surgimiento de la institución del estado surgió la figura de la nación tal y como la entendemos hoy en día. El sentimiento nacional propone a la nación como única unidad política, por lo que debe fundar su propio gobierno con el fin de representarse de mejor forma a sí misma.

Respecto al origen del nacionalismo se observan dos opiniones diferentes que tratan de explicarlo. La versión más reconocida en la academia occidental opina que el origen del nacionalismo se remonta a finales del siglo XVIII en Europa para posteriormente desplegarse ampliamente por todo el mundo. Por otro lado, Benedict Anderson propuso que el nacionalismo tenía su cuna en la América del mismo siglo, cuando los americanos luchaban contra la dominación de la metrópolis. El estudioso irlandés arguyó que la discriminación y el desprecio que mantuvieron los españoles contra los criollos que nacían y vivían en las colonias americanas delimitaron el terreno político y social y provocaron la aparición de una experiencia popular de una experiencia popular “limitada”. Según esta hipótesis, los criollos eran marginados y tratados de manera diferente a la de los españoles metropolitanos, lo cual hacía imposible su  ascenso a la clase más alta de la sociedad y su propósito de conseguir el poder político. Es más, con la llegada de la Ilustración se agravó esta diferencia, pues los criollos al darse cuenta del tratamiento desigual que recibían, imaginaron que la colonia era su patria y que los nativos eran los ciudadanos de su nación. Por lo tanto, fueron mayoritariamente los criollos quienes lideraron las luchas independentistas, aunque fueran los mestizos y los indios quienes constituyeran el grueso de las fuerzas armadas. De ahí que el nacionalismo como movimiento consciente sea algo propio de criollos y mestizos.

Se puede deducir que los descendientes de los colonos españoles forjaron una doctrina del sentimiento nacionalista con el fin de legitimar la liberación del control de los peninsulares. Al mismo tiempo era indispensable integrar a los mestizos y a los indios nativos en el proyecto nacionalista que los criollos preconizaban, por el hecho de que la comunidad indígena y la mestiza constituían la mayor parte de la población local. Sin embargo, puesto que la nación no se trata de “una forma natural, dada por Dios, de clasificar a los hombres[4], resultaba preciso “imponerles” una homogeneidad, que, desde la implantación del nacionalismo, ha sido criticada.  Hay que señalar que tanto para Elie Kedourie[5] como para Gellner, “no se trata de que el nacionalismo imponga la homogeneidad, sino que una obligación objetiva e inevitable imponga una homogeneidad que acaba aflorando en forma de nacionalismo[6]. Efectivamente, esta obligación es una constante objetiva e inevitable a lo largo de la historia, pero no podemos negar que fueron los criollos y los mestizos los que impusieron la homogeneidad a los indígenas.

El principal problema radicaba en cómo conseguir unificar a los indígenas, esto es, cómo lograr la homogeneidad. Gellner ha señalado que el nacionalismo. “en ocasiones toma culturas preexistentes y las convierte en naciones, que en otras las inventa, y que a menudo las elimina”, siendo por tanto su consumación “una realidad ineludible[7]. De hecho, los nacionalistas latinoamericanos se aprovecharon de la cultura indígena prehispánica. De un lado, estos deseaban construir una identidad común para conseguir una mejor actuación en la escena internacional. Por otro lado, el reconocimiento de la cultura indígena podía reforzar el sentimiento psicológico de pertenencia a la república por parte de la comunidad indígena y de esta manera fomentar la integración de dicha población. Sin embargo, es necesario destacar que si bien las repúblicas recién fundadas valoraban la civilización autóctona, redujeron su reconocimiento a solo una parte, fusionando el resto de rasgos propios con los de la cultura occidental, siempre con la finalidad de lograr una nación homogénea.

Igual que el nacionalismo se valió de un proceso identitario, el desarrollo del indigenismo también acompañó al proceso de homogeneización. Por ejemplo, el indigenismo racialista, el culturalista, el marxista, así como el telurista sirvieron para unificar a los sujetos. Todas las corrientes indigenistas partieron de distintos ángulos para lograr la integración indígena en la república, y por lo tanto los diferentes gobiernos centrales siempre dieron respaldo al indigenismo y dictaron cierta protección legislativa sobre el mismo. En resumen, tanto el nacionalismo como el indigenismo son obra de la clase dominante y surgieron con el propósito de construir una verdadera nación. Asimismo, se puede sacar la conclusión de que el nacionalismo patrocinó el desarrollo del indigenismo, mientras que este, desde distintas perspectivas, fomentó la formación de la nación como institución política.

2. Positivismo

En cierto sentido el positivismo es un hijo tardío de la Ilustración, pues sus principios radican en dos nociones: progreso y orden. Augusto Comte, creador del positivismo, divide la historia en tres estadios: el teológico, el metafísico y el del saber y la ciencia, que será el definitivo porque permitirá abordar de manera científica todos los problemas sociales. Comte piensa que el hombre accede al conocimiento a través de la observación de la naturaleza y de los hechos fácticos. La filosofía positivista se opone al desorden y al caos, y pretende construir una sociedad bien ordenada e integrada. Tal idea correspondió exactamente con lo que buscaban los intelectuales latinoamericanos del siglo XIX. Frente al desconcierto que dejaron las guerras independentistas y a la carencia de un sistema filosófico que asegurase su buen funcionamiento, los positivista venían cargados de nuevas ideas para reorganizar la sociedad. Así pues, el positivismo fue adoptado por muchos estudiosos y políticos latinoamericanos con el objeto de iniciar la consolidación de las nuevas naciones.

Debido a la valoración otorgada a los principios de progreso y orden que propone el positivismo, sus partidarios no ocultaban la admiración que sentían por la sociedad industrial de los Estados Unidos y por el sistema cultural sajón, a la vez que se oponían al atraso social y a la superstición. Este positivismo se relaciona con el indigenismo de manera negativa, ya que los políticos e intelectuales que habían caído bajo la influencia del positivismo, al investigar las razones por las que América del Sur se encontraba atrasada y en estado de pobreza, atribuyeron el mal a los aborígenes americanos. Entre estos pensadores, Domingo Faustino Sarmiento seguramente fue el representante más destacado a la hora de tomar a los indios como símbolo del mal y del atraso social, pensando que ellos constituían el obstáculo principal para el progreso de la sociedad.

Es importante reconocer que la actitud de Sarmiento hacia la raza indígena fue tornándose más radical a lo largo de su vida. Al comienzo, Sarmiento analizaba los males desde los aspectos puramente históricos y geográficos, criticando los desastres que la colonización española había llevado a cabo y que se habían extendido por un periodo de más de tres siglos. Sarmiento comenta al respecto que la presencia de los españoles desbarató el ciclo evolutivo natural del pueblo autóctono y que sus políticas activas para conseguir una mezcla sanguínea entre las diferentes razas del nuevo continente dieron lugar a la presencia de mestizos que no eran válidos para los requisitos que exigía la nueva democracia. Más tarde, en su libro Conflicto y armonías de las razas en América (1883), Sarmiento investiga y censura a los indígenas directamente desde el punto de vista racial. Esta posición fue influenciada por las ideas de Herbert Spencer, que también era un filósofo positivista, y por las teorías evolucionistas de Darwin. Como indica David Solodkow, para Sarmiento la raza indígena es la peor de las razas por su propensión al ocio, lo que impide el progreso material, y en cambio demuestra más simpatía hacia la raza negra porque según su descripción es más entusiasta, apta y predispuesta al trabajo[8]. Sarmiento tampoco disimula su odio hacia los indígenas, y lo hace extensivo a los mestizos, en cuyas venas fluye la sangre indígena. Sostiene crudamente que “los indígenas y sus descendientes mestizos son inadecuados y hasta reacios para la vida en la sociedad industrial moderna[9]. De tal calado es su odio que propone directamente la eliminación de la población autóctona.

La postura de Sarmiento hacia el pueblo indígena es representativa de la influencia ejercida en aquel entonces por parte del positivismo. Debido a tal influjo se inició la Conquista del Desierto en Argentina, la cual resultó ser ni más ni menos que una aniquilación de la población originaria. Al mismo tiempo, siguiendo su preferencia por el modelo sajón, se imitó en muchos aspectos a Estados Unidos, de ahí que se favoreciese la inmigración de hombres blancos hacia los terrenos conquistados, razón por la cual precisamente hoy en día la raza blanca ocupa el mayor  porcentaje de la población argentina. En el caso de Cuba también se aprecia el fuerte carácter eugenista en la época. Aún en 1927, La Habana participó en la Primera Conferencia Panamericana de Eugenesia y Homicultura de las Repúblicas Americanas, en cuya apertura las autoridades presentaron un prospecto de progreso social para Cuba que no era otra cosa que blanqueamiento racial.[10]

 Incluso Simón Bolívar, el afamado libertador de América Latina, aunque estuviera firmemente a favor de la libertad y de la igualdad entre todos los ciudadanos, y que dictara leyes para la protección del interés de los indígenas, no escapó de la influencia del positivismo y coincidió con Sarmiento hasta el punto de “no admitir en el cuerpo electoral si no a los que se suponen capaces de desempeñar sus funciones”[11]. Por esta razón, Bolívar decretó que solo los alfabetizados con cierto recursos económicos tuvieran derecho al voto, privándoles a los indígenas del mismo.

A fin de cuentas, la difusión del positivismo en el continente convirtió en subalterna a la población indígena y reforzó la mentalidad colonialista de la clase dirigente. Los positivistas defendían la inferioridad racial de los indígenas con pretendidos argumentos científicos, lo cual terminó justificando las numerosas persecuciones de las que fueron objeto los nativos. De ahí que el posivitismo fue en dirección opuesta a los propósitos del indigenismo disminuyendo la consideración hacia la raza indígena.

3. Liberalismo

El liberalismo, en sentido amplio, puede decirse que parte del individualismo,  afirmando el valor personal de cada sujeto y defiende la libertad individual de todos los ciudadanos. Puesto que el liberalismo prima al individuo sobre el conjunto, llama a limitar la intervención del gobierno en los asuntos privados de la población.

Este pensamiento ideológico tiene su origen en el siglo XVIII y se popularizó durante el siglo XIX con el surgimiento de la nueva clase social burguesa.  Asimismo, impulsó con gran energía el concepto de igualdad en Latinoamérica, de modo que asentó las bases para el desarrollo del indigenismo. Por una parte, la libertad e igualdad que preconiza el liberalismo despertaron la conciencia de una minoría de los intelectuales latinoamericanos, los cuales fueron cambiando poco a poco los estereotipos que los criollos mantenían sobre los indios. Por otra parte, necesitaban una justificación razonable para liberarse de la dominación española. De ahí que los liberales recurriera a la remota historia y cultura indígena, reconociendo a estos pueblos como verdaderos dueños de la tierra americana. En el contexto de independencia, la libertad y la igualdad pasaron a ser principios y consignas capitales de los nuevos Estados latinoamericanos.

Basándose en estos principios, los países recién independizados aplicaron un proyecto político que favorecía al pueblo indígena, aunque de forma poco explícita,  pues partían de la igualdad esencial de todos los ciudadanos. Tanto Bolívar como San Martín declararon la libertad y la igualdad de los ciudadanos de las nuevas repúblicas, aboliendo la esclavitud y todas las formas de servicios personales no pactadas. En general, las ideas liberales fomentaron el desarrollo del indigenismo. Cabe mencionar, no obstante, la política ejercida sobre los denominados bárbaros por parte de Pedro Fermín de Vargas, un liberal colombiano de principios del siglo XIX que fue precursor de la independencia de las colonias hispánicas, y que se había expresado de la siguiente manera sobre estos pueblos:

Para expandir nuestra agricultura habría necesidad de hispanizar a nuestros indios. Su ociosidad, estupidez e indiferencia hacia los esfuerzos humanos normales nos llevan a pensar que provienen de una raza degenerada que se deteriora en proporción a la distancia de su origen.[12]

Estas palabras reflejan la actitud de Fermín hacia los indígenas, quien irónicamente había usado el nombre de Fermín Sarmiento, por lo que, además de jactarse de ser tocayo Sarmiento que residía en Argentina, compartía en cierto modo la misma postura hacia los indios nativos. A su entender estos son por naturaleza inferiores y es preciso hispanizarlos. Asimismo, según lo que recoge Benedict Anderson sobre las ideas explícitas del liberal colombiano, “sería muy conveniente que se extinguieran los indios, mezclándolos con los blancos, declarándolos libres de tributo y otros cargos, y otorgándoles la propiedad privada de la tierra[13]. En relación con esto, Fermín no debería ser reconocido como un liberal, puesto que el pensamiento positivista ejerció sobre él una influencia indeleble. Analizando el ejemplo de Fermín, podemos observar las imperfecciones de los liberales latinoamericanos. Por un lado estos intelectuales defienden los principios de igualdad y de libertad de los nativos americanos, pero por otro lado siguen sin poder apartarse de la infiltración del positivismo, discriminando por ello inconscientemente a la población indígena.

Si los analizamos desde la perspectiva socio-económica, los liberales  rechazaban la existencia de la propiedad colectiva de las comunidades indígenas, de tal manera que propusieron el reparto de la tierra comunal entre los miembros de la comunidad, permitiendo su libre venta. Tal resolución aceleró el paso de la tierra a manos de los latifundistas, robusteciendo el poder de los grandes terratenientes y empeorando la situación indígena. Al fin y al cabo, las políticas liberales se limitaron a favorecer sustancialmente a la clase burguesa, elevándolas en el plano social de la república, y no consiguieron hacer aportaciones efectivas para la mejora de la situación de la población indígena. Por el contrario, si comparamos con la condición que tenían los indígenas en la época colonial, muchas veces los liberales empeoraron la condición de la población autóctona.

Analizadas las tres ideologías que mayor influencia ha dejado en el siglo XIX en América Latina y sus interacciones con el indigenismo, hay que admitir que el indigenismo del siglo XIX tuvo un corto alcance y no siempre fue desarrollado con un carácter encomiable. Cabe destacar que este movimiento fue impulsado por intelectuales independentistas y criollos, quienes, aunque mostraron un humanismo desinteresado, en el fondo representaban el interés de su propia clase. Aunque se proclamaron descendientes de los indígenas en el momento de enfrentarse al pensamiento liberal y nacionalista, su actitud era muy distinta en los conflictos dentro del ámbito doméstico que afectaban a los nativos. Muchos criollos sostuvieron la idea de que “el indio bueno es el indio muerto”. La noción de “indio bueno” les ofrecía una nueva identidad con la que se distinguiera de los países occidentales, pero mientras tanto no dejaban de explotar al “indio vivo”. Por esta contradicción, el padre del indigenismo de México, Manuel Gamio, expresó que la decadencia indígena comenzó con la llegada de los europeos y se acentuó en el periodo que va desde la declaración de independencia hasta los primeros años del siglo XX, ya que los nativos perdieron los pocos derechos y bienes materiales que les quedaban, acrecentándose de este modo su debilidad fisiológica, su miseria material y su desorientación espiritual[14].

Referencias:

  1. Benedict Anderson, Comunidades imaginadas, Fondo de Cultura Económica, México, D. F..
  2. Daniel D. Zalazar, Las posiciones de Sarmiento frente al indio, p.16. Véase en <https://revista-iberoamericana.pitt.edu/ojs/index.php/Iberoamericana/article/viewFile/3909/4077>.
  3. Elie Kedourie, Nacionalismo, Edición Grupo Anaya Publicaciones Generales, Madrid, 2015.
  4. Ernest Gellner, Naciones y nacionalismo, versión española de Javier Seto, Alianza Editorial, Madrid, 2001.
  5. Francisco Colón González, Nacionalismo en Latinoamérica, enAlberto Moreiras y José Luis Villacañas (eds.), Conceptos fundamentals del pensamiento latinoamericano actual, Editorial Biblioteca Nueva, Madrid, 2017.
  6. Henri Favre, El indigenismo, Fondo de cultura económica, México, D.F..
  7. Irving Reynoso Jaime, Manuel Gamio y las bases de la política indigenista en México, en Andamios, Revista de Investigación Social, Volumen 10, Número 22, Editoriales de Universidad Autónoma de la Ciudad de México, México D. F., 2013.
  8. Mercedes Serna, Hispanismo, Indigenismo y Americanismo en la Construcción de la Unidad Nacional y los Discursos Identitarios de Bolívar, Martí, Sarmiento y Rodó, en Revista Philologia Hispalensis, No. 25, Editorial de Universidad de Sevilla, Sevilla, 2011.

[1] MA Ruohui, Profesora de Universidad Normal de China Central, este artículo es patrocinado por Fondos de Investigación Fundamental para las Universidades Centrales (China), (Literatura indigenista de América Latina en el siglo XX, KJ02072021-0177).

[2] Henri Favre, El indigenismo, Fondo de cultura económica, México, D.F., 1998, p. 7.

[3] Ernest Gellner, Naciones y nacionalismo, versión española de Javier Seto, Alianza Editorial, Madrid, 2001, p.13.

[4] Ibídem, p.70.

[5] Elie Kedourie, Nacionalismo, Edición Grupo Anaya Publicaciones Generales, Madrid, 2015.

[6] Ernest Gellner, Op. Cit., pp.59-60.

[7] Ibídem, p.70.

[8] Mercedes Serna, Hispanismo, Indigenismo y Americanismo en la Construcción de la Unidad Nacional y los Discursos Identitarios de Bolívar, Martí, Sarmiento y Rodó, en Revista Philologia Hispalensis, No. 25, Editorial de Universidad de Sevilla, Sevilla, 2011, pp.201-217.

[9] Daniel D. Zalazar, Las posiciones de Sarmiento frente al indio, p.16. Véase en <https://revista-iberoamericana.pitt.edu/ojs/index.php/Iberoamericana/article/viewFile/3909/4077>. (Consultado: el día 2 de enero de2018).

[10] Francisco Colón González, Nacionalismo en Latinoamérica, enAlberto Moreiras y José Luis Villacañas (eds.), Conceptos fundamentals del pensamiento latinoamericano actual, Editorial Biblioteca Nueva, Madrid, 2017, p.490.

[11] Mercedes Serna, Op. Cit., p.206.

[12] Benedict Anderson, Comunidades imaginadas, Fondo de Cultura Económica, México, D. F., 1993, p.32.

[13] Ibídem.

[14] Irving Reynoso Jaime, Manuel Gamio y las bases de la política indigenista en México, en Andamios, Revista de Investigación Social, Volumen 10, Número 22, Editoriales de Universidad Autónoma de la Ciudad de México, México D. F., 2013, pp.348-350.

ETIQUETAS
COMPARTE