Lucila Carzoglio

Las chicas del Bund sólo quieren divertirse

外滩的女孩们只想玩得开心
Crónicas /
城市采风

Cientos de familias se reúnen cada domingo en el centro de una de las ciudades más cosmopolitas de Asia para conseguirle pareja a sus hijos. Los hombres solteros son muchos más que las mujeres por las calles chinas, pero parece que las “sobrantes” son ellas. En una sociedad donde el matrimonio determina el éxito femenino, ¿cómo ser soltera y no morir en el intento?

“Mujer nacida en 1975. Altura 1,65. Licenciada en Finanzas de la Universidad de Fudan. Gerente en una de las quinientas empresas más importantes de China. Salario anual de quinientos mil yuanes. Tiene hukou en Shanghái y una vivienda sin préstamo. Soltera, comprensiva y tradicional busca un hombre nacido entre 1969 y 1975, de cualidades similares a las descriptas: responsable y de buen carácter” reza un cartel hecho a mano y plastificado con prolijidad. El esmero en el trazo de los ideogramas y el folio para proteger el mensaje del viento y la lluvia hablan de la preocupación de un padre. Huang, con el papel colgado en el pecho, pasea entre arbustos, bancos y árboles en el Parque del Pueblo de Shanghái.

La búsqueda de un marido para su hija es una tarea diaria, pero con los fines de semana las posibilidades se potencian y las esperanzas quedan renovadas. En la salida nueve de la línea uno del metro, se ven paraguas enfilados con datos personales, carritos de compras con información apetecible, atriles que ofrecen números de teléfonos y hasta un par de solteros exhibidos de pie. En el centro mismo de la ciudad más cosmopolita de China, el mercado matrimonial sucede en pleno siglo XXI.

Como Huang, cientos de padres se juntan los sábados y domingos desde las doce del mediodía hasta las cinco de la tarde, dependiendo del clima, para encontrar posibles yernos y nueras, casi siempre sin la autorización de sus hijos. Si por esas casualidades hay match, queda tiempo de lunes a viernes para inventar cómo apareció el pretendiente y convencer a la prole de las bondades del galán o damisela en cuestión. La metodología podrá ser discutible, pero, según el dicho, a caballo regalado no se le miran los dientes: una salidita no se le niega a nadie.

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En China, se dice que el matrimonio no es entre dos personas, sino entre dos familias. El mercado funciona como un Tinder analógico a cielo abierto, donde la tradición se pone al servicio de la cita a ciegas. Los que asisten, saben a la perfección lo que están buscando, pero no arreglan ni fuerzan casamientos (algo prohibido desde 1950). Sólo persiguen los pasos de algún semejante para que sus hijos se conozcan.

La gente joven escasea por las sendas de la plaza, así que fotos, peso, altura, título, lugar de nacimiento, residencia, signo zodiacal y salario son las referencias que se intercambia la parentela para saber si hay o no candidato. A pesar de que es imposible tener un número a ciencia cierta, se calcula que hasta ahora se han formado casi 3000 parejas. Muchas, además, se niegan a aceptar que se conocieron por intermedio de sus padres.

“Demasiado vieja”, “medio pobre” o “muy alta” son frases que se escuchan al pasar en el dialecto local. La idea de padres buscando un buen partido para su descendencia suena a vestigio del pasado, pero el mercado nació en el 2004 de modo casi espontáneo y se fue formalizando en la última década. De hecho, las 剩女 (shèng: mujeres sobrantes), como se llama a las “solteronas” por estos lares, son un producto de la modernidad china. Un fenómeno que cruza un desarrollo económico acelerado y políticas sociales y sanitarias de resultados diversos, con patrones culturales antiguos y niveles altos de machismo.

Se estima que durante la ley del hijo único (introducida en 1979 y derogada en 2015), hubo 30 millones de abortos e infanticidios de niñas. Como consecuencia, hoy las cifras oficiales cuentan 136 hombres por cada 100 mujeres entre los solteros nacidos después de 1980. Para el 2020, la Academia China de Ciencias Sociales estipula que, ya habrá casi 30 millones más de varones que de mujeres entre los 24 y 40 años. Si pensamos en la población femenina heterosexual, estos números suenan a un paraíso de citas, salidas y flirteos. Pero la realidad parece ser otra.

Mei es profesora de cultura china para extranjeros y habla en un inglés perfecto. Es alta, de piernas largas y lleva el pelo suelto. Muchos de sus alumnos la miran embelezados, pero sus papás creen que le va a costar conseguir marido. Tiene un doctorado y eso espanta, al punto que entre los chinos se dice que hay tres géneros: hombres, mujeres y mujeres con P.h.D. Bajo esta perspectiva, los fines de semana ellos agarran el paraguas, la carta de presentación y se van a buscar el papá del futuro nieto.

“Salí una vez con un hombre que me presentaron y fue horrible. A partir de ese momento, dejé de contestar los mensajes de números desconocidos. Me harté de que mis padres le diesen el teléfono a cualquiera. Las excusas iban desde ´vi tu perfil en un portal de trabajo´ hasta ´me apareció tu contacto en WeChat´”, dice y suspira.

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En una época de transformaciones profundas, la vida cotidiana cambia con una rapidez difícilmente asimilable a las tradiciones. La vara para medir el éxito en el mundo masculino sigue siendo el trabajo, mientras que la de su contraparte femenina continúa focalizada en el casamiento, aun cuando China es el país con más empresarias billonarias y de las más jóvenes.

La shèng nǚ, término aceptado en el 2007 por la Federación de Mujeres Chinas (un órgano oficial creado en 1949 para defender los derechos femeninos), alude a las solteras mayores de 27 años con niveles educativos altos. En cambio, la mayoría de los varones solteros provienen de áreas rurales pobres o poseen poca educación. Al desbalance numérico (el mayor del mundo) y un hukou de provincias (el permiso de residencia que condiciona el acceso a los servicios públicos, salud, vivienda y educación) se suma entonces una brecha cultural insalvable.

Como explica la investigadora Roseann Lake en su libro Leftover in China: the women shaping the world’s next superpower, aquellas hijas únicas de medios urbanos que sí fueron aceptadas por sus familias durante los ochenta tuvieron oportunidades y herramientas como nunca antes. Hoy un 60% va a la universidad, en comparación con el 20% que lo hacía treinta años atrás. Títulos (por ende, mejores trabajos y mejores salarios), casa propia o viajes al exterior contribuyeron al abismo entre clases y géneros. “Los hombres que hay son para mujeres que ya no existen”, concluye la autora.

En la prensa pocos son los artículos que hablan del “atraso” de los solteros. En su lugar, la insistencia en la soltería femenina apabulla. A las decenas de videos en las redes sobre leftovers, de series, como la versión china de Sex and the City u Ode to joy, que muestran mujeres sólo preocupadas por el romance, se suman programas televisivos de citas y cientos de notas sobre treintañeras sin anillo. Incluso, la editorial de un diario nacional llamó a las mujeres “a bajar sus estándares amorosos”, “a volver a la realidad” o “a entender que siempre hay imperfecciones”. Con este tipo de incitaciones transforman un problema social en una decisión personal y se culpabiliza a ellas. ¡Por favor, no sean tan quisquillosas!

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“En el colegio y en la universidad se espera que no tengas novio y que le destines todo tu tiempo al estudio, pero apenas te recibís quieren que te cases”, explica Yan yan, mientras toma un café en un bar chic de la Concesión Francesa. A pesar de la ropa elegante, el maquillaje y el reloj dorado que la hacen más adulta, tiene 23 años y se separó de su novio hace pocos meses. Según explica, está tranquila porque todavía es joven y es momento de dedicarse a pleno a su emprendimiento antes de formar una familia. Ante el panorama de quedarse sola a los treinta, le cambia la cara y suelta una risita nerviosa.

La expresión “mujer sobrante” es utilizada de forma tan peyorativa y con tanta insistencia que fue calando en el imaginario hasta transformarse en una pesadilla, un destino del que muchas quieren escapar. Incluso, para unas cuantas los 25 ya es una edad en la que hay que preocuparse. “Mujer de Shanghái, hija única, nacida en octubre de 1993. Altura 1,63 cm. Título secundario, trabaja en banco con contrato legal. 13621814419 teléfono de la madre”, se lee en un paraguas cuadrillé con caracteres apurados en el mercado.

El estigma social, como analiza Leta Hong Fincher en Leftover women: the resurgence of gender inequality in China, extorsiona a las mujeres, quienes terminan aceptando condiciones emocionales y/o económicas claramente desventajosas para sus vidas. Desde comprometerse con parejas que no convencen hasta ceder todos los derechos de la propiedad marital o justificar la violencia física, su libro plantea casos y analiza el avance de políticas estatales que atentan contra la igualdad.

“¿Creés que se puede encontrar un novio en las apps de citas? Yo soy una persona para estar en pareja”, pregunta Yan yan, antes de irse a una reunión con importadores.

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El conflicto parece estar socialmente circunscripto al mundo femenino. Al escribir shèng nán (“varón sobrante”) en los buscadores de Internet, sólo aparecen fotos de una actriz de telenovelas; mientras que con la expresión shèng nǚ se desencadenan innumerables imágenes de mujeres, solas o en grupo, llorando, esperando sentadas en largas filas o con el sello de “rechazada” en el rostro.

Como representa el vocablo 好 (hăo: bien), para estar feliz o conforme la mujer (女) necesita de un niño (子) y, por ende, de un esposo. De hecho, como explica Susan L. Man en Gender and sexuality in modern chinese history, en el pasado dinástico “la mujer no casada era directamente una persona sin identidad social”. Algo que, sin dudas, fue fomentado desde el confucionismo. De acuerdo al estudio de la filósofa Julia Kristeva en Mujeres chinas: “Esta corriente, que desdeña a las mujeres o es severo con ellas, no exigirá de ellas más que la procreación (…) no hay culto a la Virgen; la Madre (si no es la madre del sabio) reina en la sombra”.

Los cambios igual vienen sucediendo, tal vez no en lo dicho, pero sí en los hechos. De acuerdo con el Ministerio de Asuntos Civiles, desde el 2013 el porcentaje de matrimonios decrece, mientras que la cantidad de divorcios asciende. Hoy, casi el 40,1% de las trabajadoras ponen en duda el mandato de la maternidad o al menos deciden retrasarlo.

Creer o reventar, las más de siete millones de solteras entre los 25 y los 34 años que hay en China estudian o trabajan, pero de seguro pueden vivir sin la necesidad de un varón proveedor.

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“La casa es vista como un microestado y en esta concepción la mujer soltera resulta desestabilizante”, dice Lin, una feminista que trabaja en el proyecto “Nosotras y la igualdad”. Con un pañuelo rojo en la cabeza, igual al del famoso cartel de We can do it!, muestra datos estadísticos: de acuerdo a The Global Gender Gap Report 2017, China se encuentra bastante por debajo del promedio global en disparidad de géneros. En este sentido, además del techo de cristal que le pone tope al crecimiento profesional, la mayoría de las mujeres es incentivada a estudiar, pero no a destacarse ni a superar al hombre.

“Mi marido dice que tanto conocimiento me arruinó”, cuenta ya una entrevistada en The good women of China, un libro que recopila historias narradas durante el gobierno de Deng Xiaoping, pero que transcurren generalmente antes de la apertura.

El estudio intensivo o una carrera exitosa, hoy en día, no solo es visto como una amenaza al ego masculino, en lo fáctico retrasa indefectiblemente la vida familiar, ya que el cuidado de los hijos todavía es una tarea que recae en el lado femenino del asunto. “Se ha avanzado, pero sigue habiendo mucha injusticia en el mercado laboral. La mayoría de los hombres no ayuda en las tareas hogareñas ni el cuidado de los niños, y eso les da más tiempo y mejor rendimiento en el trabajo. Desde esta perspectiva, muchas mujeres pierden competitividad y voluntad en su desarrollo profesional”, plantea Yin, una profesora universitaria de español.

Xia, por su parte, nacida bajo el signo del Buey en 1985 y dedicada al mundo editorial, vislumbra un renuncia ante una hipotética maternidad. “Si finalmente me caso y tengo un hijo, seguramente tendré que renunciar. No me gustaría que mis hijos sean criados por mis padres y después me lo reprochen”, asegura sin siquiera mencionar la función paterna. Ya lo dijo el proverbio chino: “El matrimonio es como ponerle un abrigo de invierno a tu libertad. Dificulta el movimiento, pero te mantiene abrigado”.

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Entre susurros y risas, circula que las tres C (cash, coche y casa) son la regla para que cualquier chino consiga la mujer que desea. Sin embargo, Hui Ying, una productora audiovisual que estudió en el exterior y mantiene una relación a la distancia, acepta que jamás podría salir con un chico que no fuera de Shanghái. “Los hombres de acá son un poco más abiertos. Están más acostumbrados a hacer las cosas de la casa”, cuenta, mientras prende un cigarrillo.

Algo similar repite Lian, una estudiante universitaria de 24 años, soltera y sin apuro. Tal como plantea el mandato ahora está enfocada en su carrera, pero cuando habla de encontrar pareja explica: “Me gustaría alguien no tradicional, que comparta las tareas domésticas”. Sus padres, por el contrario, sienten algunas presiones más. Según comenta: “Ahora están un poco más tranquilos. Con que mi pareja tenga casa y auto, al menos el hukou, está bien”.

En todos estos años las mujeres chinas han tenido avances en distintas áreas. Sin dudas, vivir en las grandes ciudades ayuda despegarse de los patrones culturales. Tener a la familia lejos para muchas es una condición sine qua non para disfrutar una vida más libre. Por eso, el Año Nuevo Chino, época de reencuentros y fiestas, suele ser para algunas un martirio: vuelven a encontrarse con el mandato familiar.

Hay quienes que, ante la presión, alquilan un novio para presentarlo a sus padres. Existen webs especializadas que ofrecen varones, entre 25 y 30 años, para acompañarlas de visita a su pueblo natal. Según altura, apariencia y cantidad de idiomas que hablan, los precios varían de mil a tres mil yuanes el fin de semana. Ofrecen servicios, como “ver a los padres y parientes, participar de reuniones sociales, ir de compras juntos, cantar en un KTV o ver películas y contestar mensajes y llamadas por WeChat”.

En otros casos, la situación no llega a tanto, pero igual molesta. “Después de mucho tiempo de volverme loca, senté a mis padres y les expliqué que no andaba en nada raro, que confíen en mí y me dejen en paz”, comenta Xia y se acomoda el flequillo.

En una sociedad que se desarrolla a un ritmo vertiginoso, las conductas intramuros son disímiles y dinámicas. Así como hay padres que aceptan las elecciones de sus hijas, también se escuchan, cada vez más, frases como “Yo me siento joven”, “No me preocupa conseguir novio”, “Tengo una vida feliz”, “No creo que esté sola”, entre las treintañeras que no se piensan “sobras”. Incluso, muchas han sabido tomar el insulto y reconvertirlo en fortaleza. Mientras las agujas del reloj se olvidan del tic tac, shèng nǚ es la que estudia, trabaja, se mantiene y, sobre todo, se divierte.

Un matrimonio en la tierra de las apariencias

 

En una pareja, la confianza y la paciencia son todo. En las arregladas, además, lo tácito se vuelve explícito: antes que nada, hay que ponerse de acuerdo sobre los posibles hijos, las visitas a los padres y los besos en público. Mentira la verdad, lo real también puede ser fake.

Santiago Villa

 

Wang Taofen está preparando un matrimonio arreglado. Él y su futura esposa proceden de forma similar a como se planea una empresa ilegal o una operación policial encubierta. Negocian los detalles financieros en secreto, ensayan rutinas de actuación para responder a situaciones imprevistas y mantienen una fachada impecable ante terceros, en especial sus padres.

Taofen y yo caminamos cuesta abajo por el trayecto turístico que nos conduce hasta el fondo del angosto cañón de Wulong. Estamos a casi ciento cincuenta kilómetros de Chongqing, la ciudad donde Taofen nació, y donde regresó tras catorce años de vivir en América Latina.

Le propuse hacer el corto viaje a las afueras porque Taofen no conocía este lugar, declarado Patrimonio UNESCO de la Humanidad en 2007. Asumí que aquí podríamos conversar en un contexto distinto a la mera entrevista. El ambiente resulta más distendido que en una de las principales metrópolis de China.

Respiramos un delicado mediodía de primavera y el sol nos cobija sin agobiar. Discurrimos por un pronunciado declive que alterna escalones y rampas. A veces un caminante en ropa deportiva nos pasa de largo.

—Los padres de ella me quieren mucho —dice Taofen, satisfecho—. Nos llevamos muy bien.

—¿Pero a ellos no les extraña que no haya gestos de afecto entre tú y su hija? —pregunto.

—En China no se usa mucho eso de mostrar afecto físico hacia tu pareja, entonces podemos aparentar bastante bien. Si estamos con nuestros respectivos padres nos tratamos de la misma manera que cuando no.

Taofen y su pareja no se toman de la mano ni se besan. Ninguno apoya de balde una palma en la cadera o el hombro del otro. Ni siquiera caen en discusiones o tensiones gratuitas: una forma de intimidad tan reveladora como lo es la ternura.

Su frialdad no despierta sospechas; incluso, a medida que llegan a acuerdos y avanzan sus negociaciones, ha nacido el cariño.

—La veo todas las semanas. Es como tener una novia, pero sin el sexo.

Si esto fuera una comedia romántica, la historia probablemente terminaría en que la pareja se enamora, pues del amor fingido habría de florecer el verdadero. En este caso, no obstante, es más complicado. Dicho desenlace se verá siempre frustrado por la inapetencia sexual. La pareja real de Taofen es un hombre que cursa su último año de medicina y tiene 24 años, y la pareja real de su prometida es una mujer que Taofen describe como no muy femenina.

“Afortunadamente la chica con la que me voy a casar es más femenina que su novia. Hay muchas lesbianas que se comportan como lo haría un hombre. Beben, escupen en el suelo, fuman, y eso puede complicar las cosas si estás preparando un matrimonio como éste”.

Lawrence Durrell abre su novela Justine con una cita de Sigmund Freud: “he llegado a acostumbrarme a la idea que toda relación sexual es una actividad que involucra a cuatro personas”. El matrimonio de Taofen, en la práctica, involucra a cuatro personas que se conocieron en una comunidad de WeChat para homosexuales.

“Los cuatro, es decir mi futura esposa, su novia, mi novio y yo, somos muy amigos. Ahora salimos juntos con frecuencia, “, dice Taofen. “Es bueno pasar mucho tiempo juntos antes del matrimonio porque tenemos que construir confianza. Un error común en quienes se casan es no hacer eso, construir confianza”.

Él tiene 37 años, dientes grandes, y la costumbre de al hablar rascarse los escasos pelillos de su quijada. Conversamos en un español que Taofen pronuncia con un marcado acento porteño, pues vivió ocho años en Buenos Aires. Antes de mudarse a Argentina vivió seis años entre Ciudad de México y Ciudad Obregón.

—¿Has estado en Obregón? —pregunta.

—No, nunca.

—Es el infierno.

El comentario contrasta con este escenario propio de hadas. Imagino la violencia del narcotráfico. Decapitaciones. Tiroteos. Persecuciones en camionetas de vidrios oscuros. Imágenes que pueden describirse con ese adjetivo del que tanto abusan los periodistas: dantescas.

—En Obregón hace demasiado calor —añade Taofen, aterrizándome sobre una acepción bastante más prosaica del término—. La temperatura nunca baja de treintaicinco grados.

—¿Cuánto tiempo viviste allí?

—Un año. Desde el 2003, cuando me gradué de español en la Universidad de Estudios Internacionales de Beijing.

El primer lugar que Taofen conoció de América Latina fue el desierto de Sonora. En ese maridaje de cielo absoluto y tierra calcinada coordinaba compras de materia prima para la maquiladora de Sinatex S.A., y despachaba envíos a Estados Unidos, el principal mercado para los textiles que producían más de 100 mil hiladoras, operadas por unos 500 empleados mexicanos.

El presidente Vicente Fox cortó con satisfacción neoliberal la cinta para inaugurar, el 28 de mayo de 2001, un complejo textil de 135 mil metros cuadrados, supervisado por 100 ingenieros que en su mayoría eran chinos. Lo acompañaba Ismail Amat, entonces Consejero de Estado del Gobierno de China, y tres mujeres jóvenes de cuerpo menudo (dos mexicanas y una china) que decoraban la ceremonia y sostenían la cinta roja mientras los políticos tijereteaban. Allí todo era talle y costura.

“Esta planta para nosotros es más que una inversión extranjera directa. Es una asociación estratégica entre la tecnología, la capacidad y calidad de producción de esta empresa china, junto con el talento, la productividad y la calidad de los obreros y empleados mexicanos”, dijo el entonces presidente de México en su discurso, con una aridez retórica plenamente integrada a la ecología del desierto sonorense.

El Diario del pueblo, periódico oficial del Partido Comunista, anunció que la planta de 100 millones de dólares era el ítem más cuantioso de inversión extranjera china hasta el momento. Con esta maquiladora, China por primera vez aprovechaba la mano de obra barata en América Latina para exportar sus manufacturas a Estados Unidos. Hasta entonces, los inversionistas chinos habían utilizado su propio proletariado, o el de vecinos asiáticos como Indonesia y Vietnam. “La fábrica de los chinos”, el nombre que los locales le dieron a Sinatex, auguraba una nueva era.

Pero al igual que sucede con toda novedad -y al igual que sucedió con las promesas de NAFTA en el desierto de Sonora, con el resplandor del capital extranjero-, la cotidianidad escaldada impuso el ineludible aquí y ahora. El día a día que era llanamente la explotación del hombre por el hombre.

Taofen llegó para ejercer de traductor en el papel y jefe de operaciones en la práctica. Su vida transcurría en dosis desequilibradas de abulia y angustia.

“Hay una enorme diferencia entre la cultura empresarial de China y la de América Latina. Los gerentes chinos me decían, por ejemplo, ‘queremos este pedido en Estados Unidos dentro de dos semanas’. Así es en China. Quiero esto en tanto tiempo, y así se hace. Pero los gerentes chinos no hablaban español y no conocían México. No entendían que algunas de las cosas que pedían sencillamente no eran posibles”, dice Taofen.

El tiempo en el complejo industrial Sinatex era un animal viscoso. Los empleados chinos, a quienes no se les permitía salir solos del complejo, en sus ratos libres jugaban a las cartas con la resignación de los presos o los marineros. La ansiedad erótica motivaba culebrones entre gente que llegaba sin familia, porque la política de las empresas chinas, al menos en ese entonces, era no llevar cónyuges o hijos a los países donde abrían operaciones. Los gerentes, por tanto, rápidamente conseguían amantes.

Todos se emparejaban mientras Taofen aceptaba su soledad, si bien ocupó un puesto en primera fila de los dramas ajenos. Sinatex fue, como dijo Fox, “más que una inversión extranjera directa”: trabajadoras mexicanas y expatriados chinos saltaban las distancias culturales y lingüísticas para contraer matrimonio. No hacen falta traductores para dar los primeros pasos del amor. Si hacen falta, en cambio, para lidiar con sus fisuras.

—A mí me llamaban para que les tradujera sus discusiones, porque los chinos que se casaban con las mexicanas no hablaban español —dice Taofen.

—¿Y sobre qué discutían?

Luego de un breve silencio Taofen se sonríe, y hace una broma relacionando la geometría con la insatisfacción femenina.

Llegamos al verde fondo del cañón Wulong. Muros de roca de doscientos metros nos encierran en un estrecho corredor cuyo exotismo natural ha seducido a varios directores de películas de acción. Una larga fila de turistas chinos que se protegen del sol con anchas viseras y parasoles desemboca en una estatua de los Transformers. Esperan su turno para que les saquen e impriman al instante una fotografía con Optimus Prime, que cabalga sobre la espalda de un Tiranosaurio Dinobot, según la escena que Michael Bay filmó en este lugar durante la producción de Transformers 4: La era de la extinción. 

Esta no sólo fue la película que más escarmentó la crítica estadounidense durante el 2014, sino también fue uno de los éxitos de taquilla más grandes en la historia de China. Con el objeto de cautivar los corazones de un público intensamente nacionalista, Paramount Pictures coprodujo Transformers 4 con una compañía llamada China Movie Channel. Planearon una cuidadosa estrategia de posicionamiento de productos chinos -marcas de yogurt, el China Construction Bank, en fin-, y escogieron lugares emblemáticos: Hong Kong, la Gran Muralla, Wulong.

—Pues este lugar no me deslumbra mucho —sentencia Taofen—. Esa estatua lo arruina.

Mira alrededor disgustado.

—Para los chinos lo más importante es el afán por el dinero. Todo lo quieren cobrar. De todo quieren sacar un negocio —añade.

Taofen es un contraste. El estilo anodino de sus jeans negros desteñidos, su camisa beige de manga corta, su corte de cabello -como un puercoespín en la coronilla y afeitado con máquina eléctrica a los costados-, representan la idea platónica de la moda china. Es decir, la mal ponderada libertad de la antimoda. El único detalle que sobresale es su reloj de pulsera Baum & Mercier con correa metálica. De ser original debió costar al menos mil quinientos dólares.

—¿No te identificas con la cultura china? —pregunto.

—No, para nada. La filosofía confucionista es la negación del individuo. Aquí lo que importa es lo común. La familia. La empresa. No hay individuo.

—¿Así que te consideras más latinoamericano?

—Sí, mi espíritu es ese. Me gusta su poesía. Su música —se rasca la barbilla —. Pablo Milanés, Pablo Neruda. Yo llegué a América Latina por un asunto del destino y en el fondo de mi corazón sé que volveré.

Seguimos el camino hasta un pequeño grupo de casas rodeado por una muralla estilo antiguo. Hay un estandarte a su entrada y una placa que describe cómo este antiguo puesto de vigilancia de la dinastía Tang fue reconstruido para filmar La maldición de la flor dorada, de Zhang Yimou.

Entramos al complejo y quedamos de pronto idiotizados por las imágenes de una pantalla gigante que reproduce, en un loop eterno, la escena que Zhang filmó aquí. Guerreros envueltos en trajes negros atacan este complejo deslizándose por cuerdas que cuelgan de lo alto del precipicio. En cada casita hay una tienda o un puesto para tomarse fotografías en disfraz de emperador.

Volvemos a salir y me avergüenza que, por un momento y visto desde un ángulo que oculta la pantalla gigante, este set de películas dentro del improbable paisaje me despierta una emoción estética. Tomo una foto.

China es capaz de hacer eso. Juega con los niveles de realidad y las trampas de ojo. Lo que parece ser, no es; lo que no es, podría ser.

Y quien pensaste que no eras emerge.

Le pregunto a Taofen qué es lo más difícil de fingir un matrimonio.

—Dar con una persona en la que puedas confiar —responde sin dudarlo—. Es muy importante confiar en la persona con la que me voy a casar porque todos los acuerdos a los que estamos llegando son verbales. No podés dejar nada por escrito. Es un proceso lento y lo más difícil son los temas financieros. Hay muchas cosas que se tienen que hablar, pero sobre todo debes conocer bien a esa persona que será tu esposa.

—¿Y ustedes qué piensan decirles a sus padres cuando no tengan hijos?

—Nosotros vamos a tener hijos. Yo quiero ser padre. Por eso estamos tardando tanto en planear todo.

Me toma unos segundos redirigir mis preguntas.

—¿Pero entonces qué le van a decir al hijo que vayan a tener?

—Hoy hay parejas homosexuales que pueden criar a un hijo.

—Sí, pero crece en una familia en la que hay amor. ¿Le van a explicar que su padre y su madre tuvieron un matrimonio arreglado?

—No le vamos a decir. Él no tiene por qué saberlo.

Al tiempo que le cuestiono, mi mente corre en paralelo la cantidad de matrimonios amargos que he presenciado. Familias en las que se acabó el cariño y degeneraron hacia el odio, en parte porque la pasión no permitió la claridad que están construyendo Taofen y su futura esposa.

—¿Cada uno va a tener por fuera del matrimonio su propia pareja, es decir su pareja real, y no piensan decirle nada a su hijo?

—No, ¿para qué le vamos a decir eso?

—Pues para ser honestos con él.

Silencio. Dudo si presionarle.

—Taofen, tú sabes que el pibe se va a enterar.

—Quizás se le dirá después, cuando sea mayor. No se lo vamos a decir desde los seis años.

Calla. Llegamos a un descomunal puente natural de piedra. Un arco del que podría salir un gigante. De allí emergieron, de hecho, los Dinobots en Transformers 4.

—Parece una puerta a otra dimensión —comenta Taofen. Otra dimensión, en efecto.

Él se describe a sí mismo como una persona racional, y lo es hasta la médula. Pero tiene también unos destellos de romanticismo que me acuerdan a una frase atribuida a Confucio: “las estrellas son agujeros en el cielo por los que brilla la luz del infinito”.

Ahora cruzamos el portal.

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